
La inteligencia artificial busca su Bretton Woods en Nueva Delhi
Mauricio Ochoa UriosteA pocos metros, Emmanuel Macron, Lula da Silva y António Guterres. Jefes de Estado del Sur Global y directivos de las mayores corporaciones tecnológicas del planeta, juntos, aplaudiendo un mismo marco de principios. Esa imagen no describe una confrontación entre modelos rivales. Describe algo más interesante: un intento de construir consenso global sobre una tecnología que, hasta ahora, se ha desarrollado más rápido que cualquier esfuerzo por regularla.
La visión MANAV que Modi presentó —sistemas éticos, gobernanza transparente, soberanía sobre los datos, accesibilidad e inclusión, legitimidad verificable— no incomodó a Silicon Valley. Todo lo contrario: las grandes tecnológicas necesitan reglas de juego claras y previsibles para seguir escalando. Un marco global de gobernanza les ofrece estabilidad regulatoria, algo que el actual mosaico de normativas nacionales no garantiza. Cuando Pichai respalda una inversión de 15.000 millones de dólares en India o cuando Ambani anuncia 110.000 millones para infraestructura de IA, no lo hacen a pesar del discurso de Modi, sino en buena medida gracias a él. El mensaje de Nueva Delhi —que la IA debe ser asequible, verificable y abierta— es perfectamente compatible con la expansión hacia mercados de 1.400 millones de personas.
Esto no invalida la propuesta. La redefine. Lo que ocurrió en Nueva Delhi se parece menos a una rebelión del Sur Global contra el norte tecnológico y más a una negociación pragmática en la que ambas partes obtienen algo. India consigue posicionarse como centro neurálgico de la gobernanza de la IA, atrae inversiones masivas y proyecta liderazgo ante el mundo en desarrollo. Las corporaciones tecnológicas obtienen acceso al mayor laboratorio demográfico del planeta, condiciones favorables para desplegar infraestructura y, de paso, la legitimidad que otorga el respaldo de un centenar de gobiernos. El propio Guterres lo reconoció al señalar que la cumbre tenía un "significado especial" por celebrarse fuera de las capitales habituales.
Ahora bien, que los intereses converjan no significa que sean idénticos. La soberanía sobre los datos que reclama Modi puede traducirse en marcos de protección ciudadana, pero también en herramientas de control estatal, una tensión que no es exclusiva de India y que atraviesa a buena parte de los gobiernos que participaron en la cumbre. La diferencia entre una cosa y otra no la resuelve un acrónimo; la resuelve la implementación, la supervisión independiente y la rendición de cuentas.
Lo que sí marca la cumbre de Nueva Delhi es un cambio de geografía en la conversación. Durante tres ediciones consecutivas —Bletchley Park, Seúl, París—, las cumbres de inteligencia artificial se celebraron en países del norte. Que la cuarta se haya realizado en India, con participación activa de Brasil, Emiratos Árabes Unidos y decenas de naciones en desarrollo, amplía el perímetro de quienes deciden las reglas. No es un dato menor en una tecnología cuyo impacto será proporcionalmente mayor en las economías que aún no han completado su transición digital.
La pregunta que queda abierta no es si el Sur Global tiene voz en la gobernanza de la IA. Después de Nueva Delhi, la tiene. La pregunta es si esa voz se traducirá en normas vinculantes, en mecanismos de supervisión efectivos y en beneficios tangibles para los ciudadanos, o si quedará, como tantos otros compromisos multilaterales, en una declaración de principios bien redactada y una foto memorable.


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